En la geometría la vida inicia en un punto. En la escritura el punto indica un fin.
Me gusta pensar que ahí está la importancia de entender que un final aquí, es un comienzo en otro aspecto.
Solía autodenominarme «cliente frecuente del punto final» considerando mi capacidad de alejarme, pero que algo me diga que entonces soy hacedora de comienzos me maravilla. No porque si algo me lo dice sea así, sino porque deja en mi mente una semilla de posibilidad.
¿Y qué no es esa la magia de las palabras? Si vamos más allá del punto, del primer trazo, de la primera manifestación de existencia, podemos entonces crear posibilidades.
Puedo quejarme cuanto quiera de los límites de mi lenguaje y del lenguaje en general, de la (poca) capacidad comunicativa y de entendimiento del ser humano, de lo que conozco y lo que quisiera que existiera. Pero en el camino, creo mundos de palabras y las palabras me abren caminos a vivir tanto la ficción como la no ficción, lo que esto quiera que sea.
Agradezco infinitamente la conexión entre la geometría y el lenguaje; es lo que hace posible plasmar las figuras de la imaginación en donde la vista pueda deleitarse con ello. Hay cosas que solo pueden comunicarse diciéndolas, plasmándolas; me gusta pensar que todo tiene manera de ser dicho, solo no la hemos encontrado o inventado (y deberíamos). A pesar de lo limitado que estos lenguajes o nosotros podemos ser, nos han hecho increíblemente más grandes; no terminamos en el cuerpo propio. Podemos extender nuestro ser a nuestras manifestaciones de existencia y entonces somos más que uno, más que el «yo». Comenzamos a ser «esto» o «aquello», a dejar una parte de nosotros en lo demás y a formar parte del universo de forma más tangible.
Quizá por eso la muerte nos afecta tanto… una vez que esta llega, cualquier manifestación de existencia dada queda en un pasado imperturbable que recorremos superficialmente en forma de recuerdos, pero es intocable, inaccesible a la experiencia de revivirlo. La muerte es también un punto. Un punto en las letras y considerándolo así, quizá, dependiendo de la abstracción a la que cada quien se apegue, un punto en la geometría.
Texto Libre
Cartas sin enviar
A falta de destinatario coherente, las ideas vienen a mí y yo he empezado a dirigir cartas a los días.
¿El pretexto? Hay cosas que no se pueden fotografiar.
¿El motivo? No encuentro linealidad en mis emociones como para que me lleven siempre por el mismo camino.
Entonces me rindo, cada día es un camino diferente y cada historia más temprano que tarde se convierte en otra. Pero así las historias envejecen mal y apenas se transforman en olvidos. Y así también, una voz ajena pronuncia mis palabras mientras el único sonido que emito no es mío sino de las letras que se encuentran.
Lo que se puede
Vivo bajo el entendido de que nada me pertenece. Aquellas cosas tengo la oportunidad de percibir o con las que puedo compartir un instante y un espacio, se presentan frente a mí día a día y de alguna forma son parte de mi vida. Lo tomo como un regalo. En el fondo sé que nada es mío, ni siquiera mi pensamiento. Ayer dije que podemos abandonar los sueños pero ellos nos buscan y reencuentran, ¿pero, podemos llamar a aquellos sueños “nuestros”? si no están y si son (y somos) libres de dejarnos y olvidarnos…
Los días
He conocido tres tipos de días: los que apenas pasan, los que vuelan, los que quieren volar.
Tanta intensidad
Tengo el deseo de ser mejor que el ser humano que fui al principio de mi vida.
¿Por qué letras agridulces?
Si me preguntaran a qué sabe la vida, diría que tiene un sabor agridulce. Tal vez porque yo soy así. Ya juzgará quien me lea. Empecé a escribir hace ocho años con la idea de que las palabras, aunque no las encontrara o no las conociera, estaban ahí para mí en cuanto las necesitara. ¡Y vaya que las he necesitado! Con un alma incomprendida, un corazón roto y la certeza de que a través de las letras me siento viva. Tuve un blog llamado “Ideas desorbitadas” y “Pulsión arraigada”, ¿qué fue de aquello? textos que quedaron en algún momento encapsulado de mi vida, en un recuerdo, en quien fui antes de hoy. Por ahora, elijo letras agridulces como comienzo de algo nuevo, ni tan desorbitado ni tan impulsivo ni tan arraigado, porque ¿qué sería de la humanidad si no estuviera dispuesta a que el presente no se parezca al pasado? No lo sabemos. Nunca ha pasado.